miércoles, 20 de octubre de 2010

Sabores

Cuando uno es un investigador nato, acumula a lo largo de su experiencia devorante, cierta información concerniente a los sabores. Gracias a esta experiencia empírica las diferencias, similitudes y/o sutilezas inherentes a cada uno de éstos se hace mas obvia. Enseguida empezamos a notar que algunos sabores no siempre son iguales, esto sucede generalmente cuando se contraponen sabores fantasia con sabores reales.

Mi más reciente experiencia fué con unos grisines. El sticker con la leyenda “pizza” pegado sobre una precaria bolsa celofanosa dejaba augurar, hasta al mas pedorro de los oráculos, la más grande de las decepciones gastronómicas. No sabían a pizza, claro que no. Lo único que puede saber a pizza, es la pizza.

Lo más triste es que a pesar de que uno sabe ésto, sigue comprando grisines, maníes envueltos en masa, snacks de todo tipo y color sabor “pizza”, “jamón”, “salame”, etc. Es casi como si uno buscase -con esa intencionalidad que caracteriza al neurótico- decepcionarse.

La decepción es correlativa a la expectativa que la etiqueta genera, por eso la reacción es muy distinta cuando uno devora sin saber bien de que se trata el asunto. En estos casos la consecuencia no es la decepción sino una pregunta: “¿De qué es esto?”. La repuesta es siempre la misma: “Ah, no parecen, pero zafan”.

Lo más justo sería cambiar estas etiquetas por otras abstractas -después de todo el sabor pizza es una gran mentira, así que su sustitución no sólo sería beneficiosa para nosotros (los consumidores) sino que también para la pizza u otros productos originales en los cuales se inspiran para crear estos “sabores”- .Un ejemplo de etiqueta abstracta sería el caso de los grissines italianos, no saben a italiano...nadie sabe que sabor tiene un italiano, o Italia en el mejor de los casos.