martes, 17 de agosto de 2010

De un invento argentino.

Luces rojas, cuerpos apretados y sudando, cumbia al taco. Dirección a cargo de un psicópata. No es ni el club universitario un sabado ni el infierno. Es el escenario de mi más reciente vivencia traumática, un bondi.

Cuando la distancia nos veda la posibilidad de ir de un lugar al otro usando un medio de transporte con tracción a sangre (lease: pony, petiso, bicicleta, “dos patas” o un amigo que te lleva a cococho) debemos recurrir al transporte público. En la ciudad que vivo sólo lo hay de un tipo, el colectivo. El viaje que usualmente hago lleva alrededor de 1 hora más los correspondientes 30 minutos o más de espera. Demasiado tiempo para estar solo metabolizando la ira que, exponencialmente aumenta con cada golpe del vidrio de una ventana rota, cada golpe de baranda, tropezón , pisotón, codazo, caida, apoyada de ganzo, frio, calor, viento, polvo, sudor, gases o hasta vómitos.
En todo el tiempo que he dado uso -o mejor dicho- que he sido usado y abusado por el transporte público llegué a algunas de las siguientes ocurrencias.

La vida en el colectivo es fundamentalmente injusta. Cuando va lleno, los que entran por atrás no pagan pasaje, vos te subiste una cuadra ántes y pagaste. La repartción de asientos es también injusta, teóricos del tema han llegado a hacer comparaciones entre ésta y la repartición de riquesas en la época feudal. No importan los 20 minutos que llevás esperando o tus títulos de nobleza, el forro oportunista que acaba de subir tiene más posibilidades que vos al momento de hacerse de un asiento.
Otro asunto que requiere nuestra atención es el de la prioridad que algunas personas tienen o reclaman a la hora de recibir un asiento. Me refiero a dos casos puntuales: Mujeres que hacen todo lo posible para ocultar el paso del tiempo, menos dejar de pedir el asiento. Personalmente, he tomado la decisión de no ceder mi lugar a estas comunmente llamadas “viejas del orto”: es una postura ética.
El otro caso es el de la mujer de contextura física importante en edad reproductiva. Cómo diferenciar a la embarazada de la “rellenita”, no hay forma. Pedir un test de embarazo durante el viaje haria aún peor nuestra estadía en el colectivo. Una serie de interrogantes se nos invade: Cómo saber si estamos dando el lugar a la persona correcta, cómo saber si no estamos ofendiendo a esta persona y, cómo no pensar que lo están tomando a uno por gil, sobre todo estando ya tan acostumbrados a convivir con esa maliciosa astucia especulativa que caracteriza al argentino ventajero promedio.*

Propongo, desde mi posición de víctima del transporte público de la ciudad de Bahía Blanca, la creación de un ente regulador de asientos, barandas y choferes cuya principal función sea la de asegurar la paz y la justicia en el interior del colectivo.

*Definición de viveza criolla.

martes, 10 de agosto de 2010

Pequeño anexo psicoanalítico sobre la ingesta de vegetales malolientes y su relación con la coprofilia.

Como muchos saben la coprofilia es considerada una perversión en el sentido estricto de la palabra. Por Freud sabemos que muchas de las tendencias perversas del niño-el niño como perverso polimorfo-seguiran el destino de la represión o de la sublimación-en la “normalidad”-.La segunda, la sublimación se dará, una vez sepultado el Edipo y consta de la desviación de la meta pulsional, de una meta social o moralmente inaceptable hacia otra socialmente valorada, en nuestro caso la gastronomia.
Para que se pueda considerar a una actividad producto de la sublimación, ésta debe estar lo suficientemente alejada de la primera (la perversa) como para no poder ser reconocida, algo se encagra de disfrazar esta satisfacción. Por la similitud que encontramos entre la primer meta y la segunda-la meta destino-no podemos considerar que la ingesta de vegetales malolientes sea un caso de sublimación de la pulsión por lo que seguiría siendo una actividad puramente perversa.

Sobre gustos hay algo escrito

Hace ya varios años pensé, inspirado por un sentimiento mezcla de cansancio, indignación y violencia -sentimiento que nos invade cada vez que nos topamos con algo como las croquetas de brócoli- que no de debian cometerse más delitos contra el buen gusto evocando la frase “sobre gustos no hay nada escrito”. Es claro que quien dice ésto esta buscando la inimputabilidad, y sabe perfectamente que está cometiendo un delito grave cuando no atroz. Así que decidí escribir algo, unos pocos preceptos básicos que sienten las bases para una nueva estética de la vida cotidiana pero, que fundamentalmente acaben con la maldita frase. Es obvio que este proyecto, como otros tantos que tuve, quedo olvidado en lo mas profundo de mi memoria (unos 3cm) justo a un costado de “lo que almorce hoy”. Me orienté a la gastronomía, por ser esta una de las ramas mas afectadas.

Empezaré con algunos:
1°: Nada, repito:NADA, que huela a heces puede ser consumido a modo de alimento. Brócoli, Coliflor y Repollitos de Bruselas, principalmente. Porqué? Es obvio que con su aroma están enviando un mensaje, este mensaje es el mismo mensaje que emite un sorete. Puntualmente: NO SOY PARA COMER. Claramente estamos hablando de una tendencia coprófila en el ser humano. (Para más información leer el anexo)
2°: El estomago de vaca más conocido como mondongo no debe ser comido por las mismas razones que no comemos toallas o alfombras de baño. Revisemos su aspecto: Es una goma peluda, blanca con cierto tinte verduzco dado por el pasto que consume la vaca. No hace falta que se diga mucho más.
3°: El queso de cerdo. Producido a partir de los resto de cerdo que fueron separados durante la faena y un compuesto gelificante proveniente de las orejas del cerdo. A ver...basicamente estamos diciendo que es basura re-procesada.*

Debido a que me extendí demasiado los próximos articulos los publicaré por separado.

*(N.del A.) Yo consumo queso de cerdo pero, jamás negue que fuese repungante, algunos vienen hasta con pelos. Soy humano, soy perverso, soy hipócrita.

Dios no ha muerto

A lo largo de la vida el hombre pasa por distintas posturas en lo que a espiritualidad respecta. Hasta hace pocos días yo me enrolaba en las listas de los no creyentes o más explícitamente dentro de los “me da igual”, “Dios es una hipótesis innecesaria”, etc.

Pero, tarde o temprano a todos les llega ese momento en el que Dios se muestra en todo su esplendor. A algunos en las cataratas del Iguazú, a mí del siguiente modo.

He llegado a la conclusión de que la mejor prueba de la existencia de Dios se puede encontrar en la mala suerte. Voy a tratar de explicarlo con un ejemplo.

Un día de lluvia, el mismo día que murió tu perro, vas corriendo por la calle a tomar el colectivo que te llevará a un lugar al que seguramente ya estás llegando tarde, una baldosa floja te arruina por completo y de modo irreparable. Es exagerado, pero a todos nos ha pasado al menos una vez por semana, inclusive esas semanas en las que no llueve. Es más que obvio que ésta concatenación de hechos sobrepasa ampliamente las capacidades explicativas de la causalidad científica. Es éste el punto donde nos debemos detener a pensar. Algo más.

Recuerdo una ocasión en la que adquirí un teléfono celular vía telefónica que, por las características de la situación es obvio que no necesitaba. Tardó dos meses más de lo estimado en llegar y llegó roto. Tuve que esperar un mes más para que me lo arreglen.

Dios existe, y NOS ODIA.

No lo culpo, después de todo haber creado al ser humano debe ser al equivalente terrenal a tener un hijo asesino serial de abuelas, la única razón por la que uno podría llegar a quererlo sería sólo por la irremediable filiación.

Además, tendrá sus sentimientos encontrados con la raza humana pero, POR QUÉ!?

Es más simple de lo que parece. Dios no es perfecto, y qué mejor prueba de ello que nosotros. Nadie disfruta de las equivocaciones –propias-. Algunos con pretensiones de soberbia superada -ciertamente la peor de la soberbias- dirán: uno aprende de sus errores bla bla bla pero, es MENTIRA a nadie le gusta. Ahora, hay algo peor que equivocarse y es que te recuerden a diario que te equivocaste. Es por eso que Dios nos odia, somos una estaca clavada en su narcisismo.

Publicado originalmente el mes pasado.