Luces rojas, cuerpos apretados y sudando, cumbia al taco. Dirección a cargo de un psicópata. No es ni el club universitario un sabado ni el infierno. Es el escenario de mi más reciente vivencia traumática, un bondi.
Cuando la distancia nos veda la posibilidad de ir de un lugar al otro usando un medio de transporte con tracción a sangre (lease: pony, petiso, bicicleta, “dos patas” o un amigo que te lleva a cococho) debemos recurrir al transporte público. En la ciudad que vivo sólo lo hay de un tipo, el colectivo. El viaje que usualmente hago lleva alrededor de 1 hora más los correspondientes 30 minutos o más de espera. Demasiado tiempo para estar solo metabolizando la ira que, exponencialmente aumenta con cada golpe del vidrio de una ventana rota, cada golpe de baranda, tropezón , pisotón, codazo, caida, apoyada de ganzo, frio, calor, viento, polvo, sudor, gases o hasta vómitos.
En todo el tiempo que he dado uso -o mejor dicho- que he sido usado y abusado por el transporte público llegué a algunas de las siguientes ocurrencias.
La vida en el colectivo es fundamentalmente injusta. Cuando va lleno, los que entran por atrás no pagan pasaje, vos te subiste una cuadra ántes y pagaste. La repartción de asientos es también injusta, teóricos del tema han llegado a hacer comparaciones entre ésta y la repartición de riquesas en la época feudal. No importan los 20 minutos que llevás esperando o tus títulos de nobleza, el forro oportunista que acaba de subir tiene más posibilidades que vos al momento de hacerse de un asiento.
Otro asunto que requiere nuestra atención es el de la prioridad que algunas personas tienen o reclaman a la hora de recibir un asiento. Me refiero a dos casos puntuales: Mujeres que hacen todo lo posible para ocultar el paso del tiempo, menos dejar de pedir el asiento. Personalmente, he tomado la decisión de no ceder mi lugar a estas comunmente llamadas “viejas del orto”: es una postura ética.
El otro caso es el de la mujer de contextura física importante en edad reproductiva. Cómo diferenciar a la embarazada de la “rellenita”, no hay forma. Pedir un test de embarazo durante el viaje haria aún peor nuestra estadía en el colectivo. Una serie de interrogantes se nos invade: Cómo saber si estamos dando el lugar a la persona correcta, cómo saber si no estamos ofendiendo a esta persona y, cómo no pensar que lo están tomando a uno por gil, sobre todo estando ya tan acostumbrados a convivir con esa maliciosa astucia especulativa que caracteriza al argentino ventajero promedio.*
Propongo, desde mi posición de víctima del transporte público de la ciudad de Bahía Blanca, la creación de un ente regulador de asientos, barandas y choferes cuya principal función sea la de asegurar la paz y la justicia en el interior del colectivo.
*Definición de viveza criolla.
dios es un bajon la mina q no sabes si esta embarazada o le gusta comer postres como loco!
ResponderEliminar